Venezuela, 11 de Diciembre de 2017

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Jeshua en su nido
Zue, desde muy pequeño lloraba en las noches de manera no común, y sin embargo, no era algo tan preocupante. Lanzaba algunas coherentes palabras, reconocía sus ojos, cabeza, papá, agua, mamá e iba evolucionando. Después del año, era más atento al aprendizaje. Su locomoción funcionó perfectamente. Antes del cumplir sus doce meses, estando yo, algo inservible y operado de la columna vertebral por una terrible hernia, Zue, mi primer sol, se aventuró valiente a tomar su cuerpo por convicción propia. Recuerdo que, sonaba al fondo y a bajo volumen Nirvana con "The man who sold the world" y Zue, elevado e irreverente, no aceptaba ser apoyado por nadie, deseaba volar solo, caminar hacia lo desconocido. Así caminó, cayó y volvió a caminar, correr, caer y volver al sendero de sus enloquecidos pies.

Cómo no recordar cuando Zue nació. Volver al pasado y saborearlo, es una buena terapia. Ese día, luego de dejarle dormir tranquilamente, celebré su existencia en un gran concierto de modernos rituales, donde estruendosas baterías y guitarras, chillaban de pura energía, como lanzando incendios del alma a todos, como rebelando toda la euforia que llevamos dentro, incendiándonos de latidos y por supuesto, de soles y más soles.

Al pasar de dos a tres años, ya los síntomas eran mucho más evidentes, había retrocedido impresionantemente, regresado a veces a un punto inicial. Las vacunas tuvieron mucho que ver en el asunto. No se percibía lenguaje real, no hubo más palabras, aunque él se comunicaba de otra forma. Sus dedos seguían moviéndose y aunque menos, ahora los brazos aleteaba para demostrar emoción. No tenía miedo a los peligros reales, y se asustaba ante cosas insignificantes. No soportaba algunos sonidos y por supuesto, deseaba andar con él mismo, sin amiguitos. En sus mayores crisis de rabia, llegaba a herirse, golpearse, gritar de manera prolongada y casi imparable. Se reía sin motivo, nada de control de esfínteres, casi no hacía contacto visual fijo y temía a los cambios. La gente no sabía nada y los médicos menos. Pensé estúpidamente en mi infancia recordando como siempre andaba solo, y que me iba a buscar corales en la playa sin compañía, y que además, me lanzaba a los ríos y me escapaba de las multitudes, como con tendencia a la soledad. Pero, nada daba resultado en el análisis, ni existía lógica alguna entre una cosa y la otra. Todo era extraño. No era simple literatura lo que parecía suceder entre Zue y su conducta. No había relación en nada, ni entre las manías mentales vividas por mi padre, quince años atrás, ni tampoco existían familiares autistas ni misteriosos casos inesperados.

El Dr. Santhiuyrt, conocido neurólogo en la región, fue el primero en analizar a Zue. Fríamente observaba al niño, como quien diagnostica un rápido resfriado en un anfibio o en un enloquecido ser. -Sí es un autista claro está; y he visto peores- decía soberbio, el hombre de la bata. Seguidamente, como quien había logrado el premio del sabio diagnóstico, contaba de forma cruel sus odiseas y largo trajinar.

Yahn, destrozada, miraba con furiosa resignación a Santhiuyrt, como con ganas de clavar una daga en su imbécil corazón. Extrañado, algo aterrado pero todavía solemne, mantuve cierta calma, aunque me sentía como cuando el maremoto llega a casa, tarde y pendenciero a la hora del destino. Al pasar los días, tuvimos otras miradas sobre Zue, porque era tan amoroso y feliz que a pesar de todo, nada parecía ser malévola noticia.

Este primer Doctor en dar la clave, decía la verdad, no sólo había que perdonarle sino también agradecer infinitamente su desgarradora y clara verdad, aunque algo camuflada de estupidez.

Santhiuyrt, aunque había dicho lo que al parecer nadie sabía; siempre tomaba como "objeto de estudio" a los niños autistas, con el añejo conocimiento de la vieja escuela de salud, para intentar ofrecer sus fuertes medicamentos y resignación. Fuimos a tres especialistas más y ciertamente, encontramos mucho más apoyo, y la bella presencia de personas que dieron parte de sus vidas y escritos, para ayudarnos a descubrir el interesante rumbo del destino en nosotros y en nuestro primer sol, Zue. Apareció entonces de la nada el Dr. Genatio, un sensible especialista, de rostro limpio, amante de los niños. Forzó la barra de la inmediatez y el conflicto a límites posibles y etéreos. Nos libró de cierta ignorancia, impaciencia y caos. Lo que más nos causó impacto de Genatio, fue su delicadeza para evaluar a Zue. Le hablaba con un tono de voz muy bajo, a la vez que tomó sus deditos mientras lo iba conociendo lentamente. Zue, nervioso, no sabía si le iban a hacer daño con el frío aparato que el Doctor tenía colgado al cuello. El hombre de blanco, se quitó el extraño aparato, que en realidad parecía un par de audífonos. El médico se los dio a Zue, sin ningún problema. Él, los tomó y se los puso él mismo por todo su cuerpo. A la final, Zue y Genatio se hicieron al parecer, buenos amigos.

Una buena noche en esos días de Santhiuyrt, me fui a uno de esos clandestinos bares de los suburbios de la ciudad, y en la peor de las mesas, me senté después de 10 largos tragos a discutir infernalmente con Dios. El concentrado humo del tabaco alejaba del lugar a cobardes y ebrios orfebres. Luego de dos charlas, quede sólo en la barra. Sonaba alucinante Jorge Negrete al fondo, en la rocola del oscuro lugar. La bombilla roja prendía y apagaba perspicazmente. Conversé entonces conmigo mismo. Había aceptado la clara miel del destino y Zue, me esperaba esa noche, tibio en su camita, y pleno de hermosura y lealtad.

Cada uno de nosotros, Yahn y yo, se dedicó a iniciar una lenta peregrinación al interior de sí mismo, para afirmarse por dentro y celebrar a Zue, tal como era, buscando ver qué había detrás del diagnóstico. Aunque ya la historia de pareja había logrado convertirse en final y en una especie de lamentable funeral, cuando se trataba de Zue todo era diferente, la vida era buena noticia y él, un precioso jardín, el nuevo ser tan deseado, tan amado, tan total.

El segundo nuevo sol, era Jeshua, su futuro acompañante, el guardián del nuevo día de su propio hermano, el elegido para él. "The Joshua Tree" de U2, nos recordaba su árbol, su base de cortezas, su raíz, su ser, el acompañante de Zue.


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