Venezuela, 17 de Octubre de 2017

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Zue
Nerviosos y torpes, fuimos sorprendidos por el examen. El parque hacía revolotear las hojas de olorosos robles sobre las bancas y jardines. Unas personas caminaban como yendo a ninguna parte y nosotros, incendiados y locos celebramos la nueva noticia. Los autos pasaban y pasaban como invisibles ante nosotros, nada nos distraía más que el sentir los nuevos aires del destino. Un ser, se formaba ya entre los dulces cables entreabiertos alrededor de los órganos, plasma, pequeños sentidos, el óvulo y la esperma, el germen del comienzo ya estaba allí, la sangre y su latido. Era Zue, diminuta semilla, solemnemente enchufada a la vida, esperando cómodo en su cueva de almíbar la lenta salida, la puerta del caracol.

Entonces, al sentirlo vibrar desde el vientre de la madre, y al verlo comunicarse entre radiaciones de ecos desde un moderno aparato, escribí algo como esto:

    "Cósmico e irreverente
    aulla feroz de pura vida
    en su Orinoco lácteo,
    danzando vence las penumbras
    de los espectros del hipocampo,
    mientras es lanzado a nosotros
    caprichoso y sublime,
    manchado de pura y deliciosa magma del origen"
Dead can dance, Sheila Chandra y otras melodías sinfónicas y voces, sumaban un ambiente claro y sonoro a tantos días y meses por venir. Un salir y entrar de una ciudad a otra, un ir y venir a los pueblos, traía al pequeño aires de viejos cantos y ritos.

En la aldea que habitamos mientras él cumplía su mitad de estadía de placenta, llegó a compartir parte de las tradiciones de los descendientes ayamán de un antiguo territorio indio, donde vivimos cierto tiempo.

Yahn danzaba, abrazada de mujeres y hombres marcados por su piel y cultura primigenia. Zue, balanceado en su guarida junto al lazo umbilical de amor, sentía el sonar de plegarías de algunos sabios ancianos y de otras generaciones, que rodeadas de energías colectivas eran invitadas al encuentro ritual. Se hacían rondas circulares y movimientos con instrumentos de aire de cachos de venados, flautas y maracas sanadoras en un monótono ritmo ancestral. Pobres y humildes pobladores, amigos y sencillas personas eran nuestra familia. Zue lo vivió, fue cómplice, ellos, los ayamanes le curaban, lo bautizaron después de nacer y le amaron como parte de los suyos. Lo viví, fue real. La cuerdita de unos curanderos amigos, sostenía de un lado amuletos y piedras con puñaditos de sal, cerca muy cerca de su cuna. Los viejos le cuidaban y rezaban en su nombre. Maihäta, una madre negra era su niñera, y siempre estaba al lado de Zue.

Bebidas fermentadas de alcohol, eran parte del brindis, el agua bendita.

Las manos callosas de kahíinhö, dejaron caer el líquido vital, el bautizo con agua fresca sobre la frente y el cabello de Zue, sellaba el momento, el recorrido del tiempo. Caminando entre el húmedo barro de las destruidas calles, la sencilla comunidad del caserío Ayamán, le abría sus brazos al pequeño, parecía sentir la vibración energética donde años atrás habían danzado pueblos antiguos.

Vino entonces, la llegada del viaje, el cambio de territorio y de ciudad.

El traslado a otras tierras fue difícil, las personas asomadas nos estrechaban y golpeaban nuestras espaldas con sus cansadas manos, y los abrazos y los adiós, auguraban el posible regreso. Los finales y comienzos daban rienda suelta al camino, al día nuevo, a otras fases, otras rutas, otros sueños.


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