Venezuela, 11 de Diciembre de 2017

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Uno
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Un autor desconocido, sin tener certeza alguna de haber dibujado con palabras uno de los mejores paisajes humanos de infancia, resolvió extrañamente descargar su pluma con este escrito:

"Los niños vienen en tamaños, pesos y colores surtidos, se les encuentran donde quiera: encima, debajo, trepando, colgando, corriendo, saltando. Las mamás los adoran, las hermanas y hermanos los toleran, los adultos los desconocen y el cielo los protege.

Los niños son la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado, la esperanza del futuro con la mano en el bolsillo.

Los niños tienen el apetito de un caballo, la digestión de un tragaespada, la energía de una bomba atómica, la curiosidad de un gato, los pulmones de un dictador, la imaginación de Julio Verne, la timidez de una violeta, la audacia de una trampa de acero, el entusiasmo de un triquitraque, la rapidez del rayo, y cuando hacen algo, tienen cinco pulgares en cada mano.

Les encantan los dulces, las navajas, las sierras, la navidad, los libros, con láminas de colores, el chico o la chica de los vecinos, el campo, el agua en su estado natural, los animales grandes, los terneros, las papas fritas, las locomotoras, los domingos por la mañana, los carros de bomberos, la almohada de mamá, etc. Le desangran las visitas de la tía gorda, la doctrina, la escuela, los libros sin dibujos, la teoría en la Educación Física y Deportes, las corbatas, los peluqueros, los abrigos, los adultos y la hora de acostarse.

Nadie más se levanta tan temprano (un domingo en que queremos descansar), ni se sienta a comer tan tarde cuando más apurados estamos. Nadie más puede embutirse en los bolsillos un cortaplumas oxidado, una fruta mordida, medio metro de cordel, un compás torcido, dos caramelos, dos mediecitos, una bomba, un trozo de sustancia desconocida y un auténtico anillo supersónico de clave con un compartimiento secreto, además de las piezas internas del último reloj que le regaló papá, tan sólo dos días antes.

Los niños son criaturas mágicas. Podemos cerrarle la puerta del cuarto de las herramientas, la de la oficina, la de la escalera de incendio, la de la despensa, pero nunca jamás podremos cerrarle la puerta del amor…"



Y ellos, están allí, justo al lado esperando que el tiempo pase y no pase para ser vistos por nosotros, para ser tan dignamente tomados en cuenta por únicos e inigualables seres en todo el universo-aldea. Cuando más caótica y perversa pareciera volverse la vida, ellos, los infantes, vienen a nosotros a liberarnos del absurdo.

Y sobre todo, parafraseando a Benedetti, cuando "uno se siente como una laguna insomne, como el árbol con sus últimas hojas, como un acantilado lejano, como una especie de charco con sus algas, sus musgos y sus peces" es entonces, cuando llegan ellos.

Cuando amanecemos rojos, o manchados e incoloros, nada cuerdos, irreales, terribles como este mundo de tormentas y huesitos, como diría el poeta en su oscuro momento. Justo allí, es que se aparecen los pequeños. Destruyen hermosos, todo nuestro obstinado orden y nos celebran, nos salvan. Subversivos, intentan transformarnos de nuevo en uno, en la unidad, sin disfraces, para volver a encontrarnos con quien éramos, y entonces dialogar. Quebrar el dualismo y renacer. Algo así como estar desnudos frente al Todo, retomar la vida otra vez, buscar el lugar del silencio, y encontrar dónde fue el momento del caos, sin habernos percatado. Urge mirar con otra mirada al niño que todavía llevamos escondido entre venas y vasos, pulmones y sesos. Sería como intentar hablar con él, hacerlo salir por segunda vez, y quizás hacerlo nuestra guía.

La sociedad nos ha domesticado. La escuela, la familia y la religión nos han dicho qué hacer, qué es bueno y qué es malo, y además, no nos han permitido revelar nuestro libre instinto evolutivo. Luego de un tiempo, las cadenas las hemos puesto nosotros mismos, los perfectos carceleros. Aprendemos a ser dóciles y disciplinados, a odiar y a perseguir a los otros, a juzgar y a juzgarnos, a continuar con el castigo hacia otros y auto-castigarnos, como nos lo revela Miguel Ruiz en su obra "Los cuatro acuerdos"; y por lo que luego nos impulsa, a intentar llegar a la liberación interior.


La Fundación no se hace responsable por las opiniones emitidas por lo(s) autore(s) de este escrito


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